“La gente tiende a traducir información probabilística en información de sí o no. Y eso es la manera menos inteligente de usar este tipo de datos”, afirmó el científico uruguayo de la Universidad de Columbia.

Walter Baethgen, investigador del Instituto Internacional de Investigación para el Clima y la Sociedad (IRI) de la Universidad de Columbia, desmonta mitos sobre El Niño, cuestiona el lenguaje alarmista de la ONU y defiende que Uruguay tiene un modelo agropecuario excepcional que el mundo aún no reconoce.

Desde Estados Unidos, donde lleva décadas investigando la relación entre clima y producción agropecuaria, Baethgen no esquivó las preguntas incómodas. Ingeniero agrónomo, egresado de la Universidad de la República y doctor en Ciencias Ambientales por el Virginia Tech, es hoy uno de los científicos latinoamericanos con mayor proyección global en materia de riesgo climático. Y tiene algo que decir sobre cómo se está comunicando —y malinterpretando— el fenómeno de El Niño.

“Va a llegar el Niño a Uruguay”. La frase circula cada vez que los modelos climáticos anuncian anomalías en el Pacífico tropical. Para Baethgen, esa expresión no tiene sentido. Y no lo dice como un tecnicismo menor.

“El Niño es una cosa que pasa en el Pacífico, a 6.000 y pico kilómetros de distancia de Uruguay”, explicó con la paciencia de quien ha repetido esto muchas veces, en muchos idiomas.

“Lo que hace El Niño es modificar algunas de las fuentes de lluvia de Uruguay. Por esa razón, un año Niño no quiere decir que va a llover más, mucho menos que va a haber inundaciones. Lo que quiere decir es que hay más chances de que llueva más de lo normal, particularmente en los meses de primavera”, puntualizó.

La distinción puede parecer sutil, pero no lo es.

Probabilidades, no certezas

El escenario que los modelos del IRI proyectaban eran claras: un año Niño, con prácticamente nulo margen de duda. La temperatura superficial del Pacífico tropical, frente a las costas de Perú y Ecuador, estaría por encima de lo normal hacia fin de año, cuando el fenómeno suele alcanzar su pico. En eso todos los modelos coincidían. La discrepancia estaba en la magnitud: algunos apuntaban a una anomalía moderada, otros a una más pronunciada.

Pero Baethgen pone el foco en otro problema: cómo la sociedad —y también los medios— procesa esa información. “La gente tiende a traducir información probabilística en información de sí o no. Y eso es la manera menos inteligente de usar este tipo de datos”, afirmó.

“La gente tiende a traducir información probabilística en información de sí o no. Y eso es la manera menos inteligente de usar este tipo de datos”

Y usó la metáfora de las perillas, tan utilizada en Uruguay durante la pandemia. “La mejor manera no es prender o apagar una luz, es mover perillas. Los lugares donde mejor se manejó la pandemia no fueron los que cerraron o abrieron de golpe, sino los que calibraron. Con El Niño hay que hacer lo mismo”, sostuvo.

Y puso un ejemplo que desarma la intuición: en el año 2015, el evento Niño más intenso de las últimas dos décadas —con anomalías de hasta 2,5 °C por encima de lo normal en el Pacífico—, las lluvias en Uruguay estuvieron por debajo de lo normal entre setiembre y marzo. El escenario más probable no se verificó.

Sin embargo, al año siguiente, con un evento más débil, llovió por encima de lo normal toda la primavera. “Hay que manejar esta información con cautela y racionalidad”, insistió.

Una crítica al secretario general de la ONU

El investigador no ahorró palabras cuando se le consultó sobre las declaraciones de António Guterres, secretario general de la ONU, quien advirtió que El Niño “echará combustible al fuego de un mundo que se calienta”, y que sus impactos “cruzarán fronteras a una velocidad devastadora”.

“Es una lástima que alguien en ese cargo utilice ese tipo de lenguaje”, respondió el investigador uruguayo. Su argumento es científico: los datos no muestran que los años Niño generen más desastres en el mundo.

“Hay un trabajo de una colega mía, en Columbia, que demuestra que si uno toma todos los desastres en el mundo, cuando hay un año Niño no aumenta el número. Lo que sí pasa es que en algunos lugares tenemos la suerte de que El Niño afecta el clima, y eso nos da algo de información sobre lo que puede pasar”, comentó.

“La mejor manera no es prender o apagar una luz, es mover perillas”

El matiz geográfico es decisivo. Para Uruguay y la región rioplatense, un año Niño tiende a aumentar las chances de lluvias por encima de lo normal en primavera. Para Australia, Sudáfrica o Indonesia —ubicados mucho más cerca del fenómeno en el Pacífico—, el impacto puede ser el opuesto: mayor riesgo de sequía.

En esas regiones, con alta densidad poblacional y seguridad alimentaria ya comprometida, el problema se agrava. Pero ese es un análisis regional y específico, no una amenaza global uniforme.

Qué debería hacer el productor agropecuario

Para Baethgen la información climática probabilística tiene un valor real en la toma de decisiones agrícolas, siempre que se use bien. A propósito, planteó que, “cuando uno va a una charla de mercados, los expertos serios concluyen cosas como ‘somos optimistas con el precio del maíz, dado lo que pasa en China y con los biocombustibles’. Nadie espera que en junio alguien diga el precio exacto de una tonelada de maíz en marzo del año siguiente. Pero con el clima, por alguna razón, la gente espera mucha más precisión”, dijo.

“Hay que manejar esta información con cautela y racionalidad”

El buen productor, según él, ya tiene una secuencia de cultivos planificada por razones agronómicas —rotaciones, manejo de malezas, cobertura del suelo—, que no debería abandonar por un pronóstico estacional. Lo que sí puede hacer es ajustar al margen: prestar más atención al riesgo de enfermedades en cultivos de invierno si hay mayor humedad esperada, o considerar más superficie de maíz en un año con mayor probabilidad de lluvias. “Un productor que me diga ‘como es año Niño no voy a plantar trigo’, eso no es una manera inteligente de usar esta información”, consideró.

Uruguay, el modelo que no sabe contarse

El investigador es más entusiasta cuando el tema vira hacia la sostenibilidad agropecuaria uruguaya. Después de décadas trabajando en distintos países, Baethgen está instalándose definitivamente en Uruguay. Y llega con una convicción: el país tiene un modelo de producción excepcional, que no sabe comunicar.

“En Uruguay no nos damos cuenta de la cantidad de cosas que se hacen bien. O somos muy tímidos en contar el cuento”, dijo. Y enumeró: el 60% del área del país sigue siendo pastizal natural; el 90% de la carne proviene de sistemas a campo; existe una ley que exige rotación de cultivos y coberturas para minimizar la erosión; hay garantía geográfica sobre dónde se puede forestar y dónde no; y el 100% del ganado cuenta con trazabilidad individual.

“Son cosas que damos por hecho, como algo normal, y son una excepción en el mundo”, subrayó.

El argumento tiene fondo de mercado. Las nuevas generaciones —en Europa, pero también en China— demandan saber el origen de lo que comen: si hubo deforestación, si hubo trabajo infantil, si hay hormonas o antibióticos. “Eso va en aumento rapidísimo. Y el futuro apunta hacia esa dirección: respetar el valor ambiental y social de lo que uno produce”, comentó.

Para Baethgen la sostenibilidad tiene una definición simple y contundente: “Si yo produzco en forma sostenible, mis hijos, mis nietos y mis bisnietos van a poder seguir produciendo en el mismo campo que donde estoy”, subrayó.

Afirmó que Uruguay cumple buena parte de ese estándar. El problema es que todavía no lo certifica, no lo comunica y no lo cobra.

“Uruguay es un país que tiene que diferenciarse, porque a volumen nunca va a competir con nadie. Tenemos que diferenciarnos por el tipo de alimentos que producimos, y por el proceso que hay detrás de esa producción”, concluyó.

Walter Baethgen es investigador principal emérito del Instituto Internacional de Investigación para el Clima y la Sociedad (IRI) de la Escuela del Clima de la Universidad de Columbia, y exvicepresidente del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA). Es coautor del Premio Nobel de la Paz 2007, otorgado al Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por su sigla en inglés).

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