Así lo indicó la Dra. Victoria Bonnecarrère, coordinadora del área de Mejoramiento Genético y Biotecnología Vegetal de INIA, en el marco del 5 de marzo, en el que se celebra por primera vez el Día Nacional del Fitomejoramiento.

El 5 de marzo fue instituido como Día Nacional del Fitomejoramiento en reconocimiento a la llegada al país, en 1912, del Dr. Alberto Boerger, quien sentó las bases del mejoramiento genético vegetal (fitomejoramiento) en Uruguay y dio origen a lo que hoy es el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA).

Más de un siglo después, esta disciplina sigue siendo uno de los pilares del desarrollo agropecuario, de la producción de alimentos y de la economía y la soberanía nacional.

“La identidad de INIA está vinculada al mejoramiento genético vegetal. Si bien pasaron más de 100 años, el objetivo de fondo es el mismo: generar cultivares adaptados al país, desarrollar conocimiento local y aportar valor al productor”, afirmó Victoria Bonnecarrère, coordinadora del área de Mejoramiento Genético y Biotecnología Vegetal.

“Si bien pasaron más de 100 años, el objetivo de fondo es el mismo: generar cultivares adaptados al país, desarrollar conocimiento local y aportar valor al productor”

Creada en 2022, el área que lidera Bonnecarrère articula nueve programas de mejoramiento —arroz, cebada, citrus, eucalyptus, pasturas, frutales, hortícolas, soja y trigo—, junto con líneas de trabajo en biotecnología, biodatos, recursos genéticos y bioproductos.

Además, cuenta con alianzas con 60 instituciones nacionales e internacionales, 12 proyectos en la materia y 27 variedades registradas en el Instituto Nacional de Semillas desde su creación.

“Cuando Boerger llegó a Uruguay, el rendimiento promedio del trigo era de menos de 500 kg/ha. Hoy estamos en el entorno de los 4.116 kg/ha. Esa brecha enorme entre lo que se producía y el potencial del cultivo se fue cerrando con décadas de trabajo sostenido”, explicó Bonnecarrère

“Eso hace que hoy mejorar lo bueno sea mucho más difícil. Los incrementos son cada vez más pequeños y requieren mucha más ciencia”.

En ese escenario, la incorporación de herramientas bioestadística, bioinformática y biotecnológicas es clave. INIA trabaja con marcadores moleculares, cultivo in vitro y edición génica, entre otras.

“En el mejoramiento actual necesitamos mucho conocimiento para generar diversidad, mejorar los procesos de selección y agilizar la evaluación. La edición génica es una de las herramientas más novedosas y recientes que ayudan a eso. En INIA, conjuntamente con el Laboratorio de Biología Molecular Vegetal de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, tenemos desarrollos en tomate, en soja y estamos comenzando a utilizarla en trigo”, señaló.

Sobre las demandas que guían los programas, explicó que son múltiples. “La productividad es la demanda por excelencia, pero no es la única.

“Como institución pública debemos velar por la sostenibilidad de los sistemas productivos y en generar variedades adaptadas no solo a condiciones locales, sino también al cambio climático”

La resistencia a enfermedades es otro foco transversal, también asociada a los nuevos escenarios de cambio climático y el surgimiento de nuevas patógenos.

“Prácticamente todos nuestros programas incluyen objetivos de resistencia, porque eso permite lograr mayor rendimiento con menor uso de agroquímicos”, dijo Bonnecarrère.

Al mismo tiempo, el área reserva espacios de investigación que buscan contribuir a los sistemas productivos con una visión de más largo plazo.

“Todos los programas tienen un pequeño porcentaje dedicado a cosas nuevas, que puedan abrir oportunidades diferentes”.

“En boniato estamos trabajando en variedades de pulpa violeta, en trigo con menor alergenicidad y en soja en el desarrollo de soja no transgénica, con mayor contenido de proteína y resistencia a anegamiento”

Consultada por hitos recientes, Bonnecarrère destacó la sistematización de datos.

“Junto con el área de Sistemas de Información y Transformación Digital de INIA estamos trabajando en la sistematización de bases de datos y aplicando softwares para conservar esos datos de manera adecuada, sacarles más provecho, hacer que los procesos sean más eficientes y obtener resultados más precisos. En cebada ya lo usamos y en arroz y soja está casi implementado. Estamos trabajando para aplicarlo en trigo y forrajeras este año y luego en todos los programas de INIA”, señaló.

Sobre el impacto y el agregado de valor del mejoramiento genético vegetal en la economía nacional, Bonnecarrère apuntó que tiene poca visibilidad.

“Detrás de cada semilla que el productor siembra hay mucha ciencia, conocimiento y equipos trabajando atrás”, aseveró Bonnecarrère

Agregó que “la invisibilidad de esto está dada porque los logros son de a pasos muy cortitos apoyados en un trabajo constante y continuo. Pero si no hubiéramos tenido mejoramiento durante más de cien años, en trigo, por ejemplo, hoy estaríamos hablando de menos de 500 kilos y no de más de 4.000”.

Asimismo, la generación de variedades nacionales tiene implicancias estratégicas.

“Uruguay tiene condiciones muy particulares que dificultan muchas veces el uso de genética extranjera. Ahí el mejoramiento genético público es clave, porque genera soberanía con conocimiento y variedades adaptadas a nuestras condiciones productivas y para nuestros productores”, aseguró.

“Estamos convencidos de que el mejoramiento público es necesario por la adaptación local, por la sostenibilidad ambiental y por el acceso de pequeños productores a genética adecuada”

“El gran desafío es mantenernos y seguir mejorando en un escenario donde el presupuesto es constante, los retos del agro son complejos y la innovación es cada vez más difícil y necesaria”, analizó Bonnecarrère.

La experta del INIA concluyó señalando que, en un contexto global donde la inversión privada en mejoramiento crece y la pública tiende a disminuir, el desafío es sostener y fortalecer estos programas.

Fuente: INIA. Foto: Irvin Rodríguez