La asamblea de socios resolvió este martes el cierre definitivo. Los trabajadores continuarán hasta el viernes procesando la leche que queda en planta. Son 12 productores, 30 empleados y una deuda de más de U$S 500.000 con los remitentes.

La Cooperativa de Lechería de Melo (Coleme) resolvió este martes su cierre definitivo. La decisión fue adoptada en asamblea de socios —la tercera convocada en pocos días para analizar el futuro de la institución— y fue comunicada a los trabajadores por el presidente de la directiva, Boris Revello.

La planta seguirá operando hasta el viernes, por decisión colectiva de los trabajadores, para procesar la leche que aún resta en stock antes del cese definitivo de actividades.

Con esa resolución, Uruguay pierde su cooperativa láctea más antigua. Coleme fue fundada en 1932 —antes que Conaprole, que data de diciembre de 1935— y durante más de nueve décadas fue un eje de la economía lechera del noreste del país y una fuente de trabajo y arraigo para generaciones enteras de familias de Cerro Largo.

Planta industrial de Coleme (Foto: Juan Madruga)

El final que venía anunciándose

La crisis de Coleme no fue repentina. Fue un proceso de deterioro lento y sostenido que se aceleró en los últimos años hasta volverse insostenible. En tiempos no tan lejanos, la cooperativa contaba con más de 70 productores remitentes. Hace una década, cuando adoptó el Fondo de Financiamiento a la Actividad Lechera (FFAL), rondaba los 50.

Al momento del cierre, apenas 12 tamberos seguían entregando leche a la planta —algunos de ellos estatales, como los predios de UTU y la Facultad de Agronomía— y el volumen diario recibido era de unos 6.500 litros, un nivel absolutamente insuficiente para sostener una estructura industrial de 30 trabajadores.

El cuadro financiero era igualmente deteriorado. Coleme arrastraba un atraso en los pagos a sus remitentes de alrededor de seis meses, con una deuda que superaba los U$S 500.000. “Están tratando de terminar de pagar octubre”, había graficado días atrás el presidente del Instituto Nacional de la Leche (Inale), Ricardo de Izaguirre, en diálogo con Agronegocios Sarandí. Paradójicamente, la cooperativa estaba al día con el resto de sus obligaciones: salarios, aportes patronales, UTE, OSE y proveedores de insumos.

La trampa de la escala

Uno de los problemas estructurales más difíciles de resolver era la paradoja que genera la estacionalidad de la producción lechera cuando el volumen es tan pequeño. En primavera, cuando hay más leche, la empresa debe pagar más a sus remitentes, pero los excedentes se derivan a quesos —con ciclos de elaboración, maduración y cobro mucho más largos— y eso genera los atrasos.

En invierno, cuando baja la producción, la empresa puede estar relativamente más al día, porque la leche fluida representa una mayor proporción del ingreso. Un ciclo que se retroalimenta y que, a la escala de Coleme, se vuelve imposible de revertir.

Los propios socios de la cooperativa tenían claro el diagnóstico: si la cuenca hubiera estado funcionando en condiciones normales, la planta podría haber recibido entre 20.000 y 25.000 litros por día, un volumen que la habría hecho viable. “Se nadó mucho para morir en la orilla”, sintetizó una fuente interna a Agro de Búsqueda. Pero la materia prima no estaba, y comprar leche en otras cuencas para pagar al contado mientras se les debía a los propios remitentes no era una opción.

El inversor que no llegó y la búsqueda sin resultado

No es la primera vez que Coleme estuvo al borde del precipicio. El año pasado, un inversor argentino presentó una propuesta formal para comprar la planta industrial. La negociación generó expectativas, pero no prosperó cuando hubo que ajustar la oferta.

Desde el Inale y desde el Instituto Nacional de Cooperativismo (Inacoop) se buscaron fórmulas para que la empresa pudiera operar sin inversión externa, pero  “se hace muy difícil”, reconoció De Izaguirre.

También hubo trascendidos de que algunos inversores esperaban que Coleme se presentara a concurso voluntario de acreedores para ingresar al negocio sin asumir los pasivos que arrastra la empresa.

En paralelo, Coleme había enviado una nota al Inale solicitando que se evaluara con la Cámara de la Industria Láctea del Uruguay (CILU) si alguna otra empresa podría estar interesada en recibir la leche de sus 12 remitentes. El resultado de esa gestión será determinante para el futuro inmediato de los tamberos: si no hay interesados, el Inale solicitará a Conaprole que asuma a esos productores, aunque la logística no es simple.

Los 30 trabajadores y una ciudad que los mira

La noticia del cierre generó fuerte conmoción en Melo. Coleme no era solo una empresa, era parte de la identidad productiva de Cerro Largo, una institución que durante décadas funcionó como motor económico regional y sostén de familias vinculadas a la producción lechera.

Los cerca de 30 trabajadores de la planta son ahora el foco central de la gestión poscierre. El presidente del Inale había adelantado que se analizará qué uso alternativo puede dársele al edificio industrial, y si es posible mantener algunas fuentes de trabajo a través de él.

(Foto: Juan Madruga)

Una paradoja del sector

El cierre de Coleme ocurre en el peor momento posible en términos simbólicos. La lechería uruguaya atraviesa uno de sus mejores ciclos en años: la remisión a los complejos industriales alcanzó en 2025 un récord histórico de 2.175 millones de litros —6,6% más que el año anterior— y las exportaciones de productos lácteos llegaron a U$S 962,7 millones, 13% más que en 2024. En 2026 la producción sigue en expansión, acumulando un crecimiento del 15% respecto al año pasado.

Pero esos números globales conviven con una realidad que no se resuelve: el cierre sistemático de tambos pequeños y de industrias de escala reducida, que no logran ser viables en el nuevo contexto del mercado. Coleme no es un caso aislado: hay realidades muy complejas en otras cooperativas como Claldy.

Con el cierre de Coleme, la cooperativa que precedió a Conaprole dejó de existir. 94 años de historia lechera en el norte del país llegan a su fin un martes de junio, mientras en la planta de Melo los trabajadores procesan los últimos litros de leche antes del viernes.